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La nariz me inspiró algo no dicho, algo secreto, algo que se pronuncia cuando se descansa, se reconcilian los cerebros con la noche y el estómago lleva ese algo adentro. Se llega a casa por tiempo, no por luz, se llega con la cara desarmada, despeinada, el deseo abandona la nariz y el sueño vuelve como dragón de komodo que debe morder lo que encuentre bajo su olfato, llevar el iris amenazado a su guarida y enseñarle el defecto a su pareja.

El olfato nos lleva a lugares insólitos, más no son cabalgatas altas en el desierto, más bien son diminutas leyes secas de alcohol, sexo y jazz. En el taxi, el conductor escribe un relato de millas que escupe a su pasajero con audacia, siempre una moraleja se esconde detrás del volante; en el autobús, el chofer usa su comodín
o su grito de carnicero retirado. La vejez le llega por la espalda, sus pasajeros son síntoma de su anonimato. La juventud es un pasajero que se sube lleno de arena, arena en las orejas, en los bolsillos, la incertidumbre es un saco roto que arrastra.

Pero ante esa mirada clandestina llena de morbo y deseo, esa nariz disparada entre los ojos, se levantan unas caderas apretadas que le dan el espasmo a esa tripulación ahogada en vapor de ocio, humedad oleaginosa y segura. Hay que ver: los de pie observan los filos de las barras electrónicas, otros a media grada observan el rastro de las entradas de aire, los sentados, esos se masturban, cierran las piernas, acomodan los maletines, halan el cable del audífono o aprietan las teclas de sus teléfonos, pequeños trozos de carne numerada, sustanciosa, pegajosa y calamidad de ansiedad urbana o frustración y calvicie.

Cuando regreso al centro de esos aparatos, el olfato y el oído son las únicas vías posibles para dar aletazos mentales, rutinas enredadas en el cabello de los demás. El tesoro de la isla se fue a la tumba con sus piratas, la inscripción posible está en nuestra casa, nuestra esposa flota en la sala y nuestro hijo llena de espacios blancos el aire íntimo que nos aguarda. El hijo, balanza descompuesta que nos indica la magnitud de nuestras creencias, la inalcanzable mano genealógica de la memoria, un hijo olvidando antes de memorizar nuestros gorgoteos mal atendidos.

Un hijo y una mujer son cansancio lúcido, arrope continuo, galope de altura. Nos gustan los ruidos ajenos, no evitamos el olfato interno, adonde un joven deja crecer su cabello, colecciona y sonríe.
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Si Ramanujan, el gran matemático del siglo XX me hubiera visto comparar la flor de Homero, la rosa de Platón, la corona de Jesús, el florero de Shakespeare o las calas de Freud, contra mi flor de una unidad de longitud, estaría dispuesto a calcular con mi sangre, vivir, sólo para probar en un pizarrón la lectura sapiencial y ojalá, tener clara su salvación.

-Sigo sentado en la silla que da al jardín.


¿Qué harías con la flor de todos ellos?
¿Te quedarías viendo tu jardín?
¿Aunque no tengás jardín, tendrías una flor mental?
¿Tus principios te dejarían sembrar cualquier flor en tu propia tierra de 2x2?
El bosque no siempre es espeso.

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Reunidos en la mesa, todos con el rostro mimético, horrorizados, a un costado el vaho de la luz se mezcla con los comentarios.

-¿Odiseo aconsejó bien a Aquiles, y que hay de Héctor?

-Lo hizo. Creo que no había necesidad de recurrir a Zeus, puesto que entre dos islas lo que había en el mar eran sólo unos cuantos maderos refilados.

-¿Lograremos terminar?
- Bueno, debo decirles que nos volveremos a pasar de habitación

La mirada de uno de ellos apunta su vista firmemente a la caja de cerillas que su nieto dejó sobre el calentador de agua.

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Es posible que adonde se unen esas dos carreteras, ahí mismo, el Hades de nuestro sueño tome la forma del árbol que ha crecido sin material alguno en sus entrañas. ¿ Adónde con exactitud se puede soñar la semilla que se creó así misma un borona de tierra?. Pero no es posible buscar del principio que fortalece al sueño, el fundamento que debilita la pesadilla.

-¡Cómo creció éste arbusto al filo de la cuneta!, ¿tomará el camino hacia la intersección mientras dormimos?

No hay distribución en nuestra mente semejante al cielo que aclara y muestra las estrellas, no hay Hades posible sin antes un banquete que intente desacreditar la semilla, que adultos, volvimos a encontrar. La intersección de nuestras preocupaciones encontrará su rival.

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Sabíamos que ya estaban abiertas todas las puertas. La memoria no nos traicionaría, el único y escaso conocimiento sobre maderas nos indicó que efectivamente eso era un bosque.

Cuando todos nos miramos, olvidamos el objetivo de recorrer los aposentos, el universo era de nuevo, el protagonista de nuestra desesperación por encontrar la vieja cama de Antara.

- ¡Ésta es la cerradura!
- ¡Pero si no tiene cerradura!

Como una suave y orgullosa implosión de recuerdos, el asombro nos ganó la contienda. El olvido era capaz de derretirse frente a nuestras manos sangrantes, de adonde sujetábamos un estupendo aro de acero con miles de llaves platinadas.

- ¿Quién era capaz de privarnos de sacar aquella cama y regresarla al bosque?
-¿Quién olvidó volver?

No era un azar portententoso, 200 puertas en una casa, 200 llaves por cabeza, y ni siquiera los 200 árboles que había descrito Antara antes de suicidarse, eran suficientes factores para abandonar la estrepitosa idea de que esa cama jamás se había construido. Antara había vuelto al bosque, ella jamás estuvo ahí los 200 días que tardó en quebrantarse su espíritu, eso que provocó que otros bosques cercanos se incendiaran y nos dejara a todos sin reposo.

Después de todo, el descanso no hacía al bosque, y éste jamás dejaba de humear. Estábamos cansados.

-¿Hace falta decirlo?¿Cuál será el último bosque en quemarse?

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